Jefes de estado, gobernadores, artistas, gente común y hasta el mismísimo Papa Francisco utilizan Twitter.
Todo se comunica desde esa gran vidriera, en donde muchos millones de seres humanos exponen sus ideas, sus riquezas y miserias. Sòlo se permiten 140 letras o caracteres por cada tweet y allì, opiniones y sentencias de distinto gènero, se exponen impúdicamente ante los demás.
Eran otros tiempos aquellos de la cita en el café o del llamado telefónico para un saludo de cumpleaños. Nos mirábamos y podìamos revelar nuestros sentimientos ante el lenguaje gestual. Hoy, en cambio, sòlo letras frìas de una pantalla son adornadas con signos de admiración para poner énfasis en lo que los "twiteros" nos tratan de decir.
Escriben en situaciones insòlitas. Nos participan de lo que están pensando y suben a la red virtual una suma de fotografías domèsticas imposibles de creer.
Esta costumbre no es culpa de ningún gobierno. Es, simplemente, la evidencia de un momento de la comunidad internacional en el que se ha perdido la capacidad de dialogar, de verse por unos minutos o de fomentar y nutrir las distintas relaciones humanas.
Los contactos se llaman seguidores que, al igual que los apóstoles, difunden las ideas del "seguido" y así se van entrelazando las comunicaciones. Una y otra vez.
A veces no se mide el daño de las palabras y por este medio se pueden provocar malos tragos que no tienen vuelta atrás.
Se ha distorsionado el lenguaje. Se lo ha bastardeado. Y, lo peor del caso es que ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Las noticias se generan por esta vìa. Los insultos y las ofensas están a la orden del dìa. Y todo va conformando una nueva decadencia de la vida en comunidad que, de tanto en tanto, el mundo vive de modo cíclico.
Habrìa que volver a la lectura, al intercambio social y, por supuesto, al buen gusto.
Estarè muy equivocado? Serè un dinosaurio? El tiempo me lo dirà.
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