Desde niños nos preparan para ser mejores alumnos. Los mandatos familiares y docentes son como espadas imaginarias que nos llueven sobre nuestras cabezas. para hacernos entender que hay que prepararse para tener mejores posibilidades.
Muchos nos hemos tomado en serio esa orden natural. Y sufrimos, en màs de una oportunidad, la frustraciòn pasajera de un mal resultado en algùn examen.
Pero la vida real es distinta. Cuando creemos que podemos esgrimir nuestras capacidades frente a los demàs, nos encontramos con el impacto del rechazo. Con la vulnerabilidad de nuestros derechos. Con la impotencia de ver como otros, con menos preparaciòn, ascienden a sitiales que nos pertenecen. Valièndose de los consabidos "contactos" , de cualquier ìndole, que los llevan de la mano hacia un lugar que no merecen.
Los tenemos que padecer firmando notas de opiniòn, escribiendo pròlogos de libros, intrusando despachos que no les corresponden, ganando sumas de dinero por escalafones inmerecidos, protagonizando reportajes que los promocionan todavìa màs y enrostràndonos a todos los anònimos (probablemente, màs capaces que ellos) el brillo de una fama efimera pero eficaz.
Como contracara de esos "notables" de "pacotilla" , estàn los profesionales silenciosos, humildes. Que luchan en el sacrificio cotidiano de tener que revalidar permanentemente sus aptitudes. Que deben peregrinar llenando todo tipo de planillas y penando por una firma , que les habilite una posibilidad. Que son convocados para èpicas tareas de investigaciòn, a cambio de nada. Como dirìa un superhèroe infantil, se abusan de su nobleza. De su buena madera. De su entrega por una vocaciòn que no claudican.
Difìcilmente bajen sus banderas. Son los adultos de hoy. Aquellos chicos que cumplieron los mandatos. Que creyeron en que el mundo laboral y universitario les compensarìa su formaciòn acadèmica.
Son los soñadores, los que no tienen horarios ni lìmites para su esfuerzo. Y sòlo ven en sus horizontes ilusorios la posibilidad un sistema màs justo.
No negociaràn nunca. No venderàn sus principios. Preferiràn caer "con las botas puestas" . Pero siempre seràn fieles a su honestidad intelectual. No tendràn ningùn protagonismo en guerras de egos absurdos. Y sufriràn en silencio por el mal reparto de merecimientos.
A su modo, son una especie de "paladines de la justicia" ; y los "otros" lo saben. Por eso los respetan y no los enfrentan. Porque, en definitiva, siempre ganarà la razòn de la verdad.
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