El miedo es innato. Y los argentinos lo hemos vivido muchas veces como naciòn. En democracias incipientes y accidentadas como la nuestra, es comùn encontrar a flor de piel ese sentimiento de orfandad que provocan algunas muertes pùblicas.
Desde que se produjo la muerte de Nèstor Kirchner, la artillerìa pesada de frases de estilo, la caida en lugares comunes inevitables, le han pretendido dar a este suceso una envergadura que la Historia dirà si fue tal.
Nosotros somos ràpidos de reflejos para el duelo. La muerte habita en nuestras entrañas màs que la vida. Nos organizamos velozmente en el dolor. Agotamos las flores y las frases. Y transmitimos en cadena para el mundo el sufrimiento atroz de la pèrdida.
Destino casual o no. Nuevamente una mujer enviuda en medio del ejercicio del poder. Y de solo pensarlo, nos remite inevitablemente al escenario polìtico del '74, aunque el marco polìtico sea diferente y los personajes tambièn. Podemos decir que Cristina Kirchner es màs que Isabel Peròn; pero nunca pensar que Nèstor Kirchner sea màs que Peròn.
Lamentablemente, èl dejò pasar una oportunidad històrica de construir desde su papel de consorte de la Presidente. Tenìa juventud, energìa y un capital adquirido durante su presidencia. Sin embargo, prefiriò confrontar y desunir. Ha vuelto a instalar entre nosotros el "anti" y cometiò el error de no dejar desarrollar su vuelo propio en lo polìtico a su esposa.
El matrimonio presidencial funcionò como tal y veremos què actitud adopta la Presidente. Redoblarà la apuesta o conciliarà?
Esperemos que la asesoren bien. Que esas caras extrañas que aparecen en los momentos de la muerte sean las mejores y no las tristemente conocidas.
La memoria històrica indica que nadie dio la vida por Peròn (como se decìa entonces). Isabel se tuvo que ir en silencio con una plaza vacìa. Por estas horas la plaza està llena ,pero nuestros dirigentes, todavìa, no se han destacada precisamente por su heroìsmo, en momentos decisivos.
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