martes, 11 de febrero de 2020

CUANDO VIVIAMOS MEJOR

 LOS LARGOS VERANOS

Promediando la dècada del 60, desde mi òptica de niño, todo parecìa màs previsible.
Por ejemplo, sabìa que los dìas 30 de noviembre se terminaba el año escolar; y por tres largos meses disponìa de todo el verano para disfrutar las vacaciones.
Verano de clase media. Sin viaje a la costa. Sin auto. Pero con mucho calor. 
Tardes en Quilmes, en donde cerca de las tres de la tarde pasaba en su bicicleta el heladero de Laponia que, casi siempre, era el mismo. Eso tambièn era previsible. Me acercaba hasta su heladera humeante de hielo seco y podìa ver las tacitas y palitos que tenìa para vender. Volvìamos a entrar a casa y se iniciaba esa inolvidable ceremonia, en silencio, de saborear el helado.
No habìa variedad en la televisiòn. Algunas series en blanco y negro que alimentaban las fantasìas propias de la edad.
Eran veranos de jugar y jugar a la pelota en la calle. No habìa tantos automòviles y los que solìan pasar, tambièn eran previsibles.
Ademàs, leìa. La biblioteca de casa era variada. Pero me gustaba leer la colecciòn Robin Hood, las aventuras de Tom Sawyer y, por supuesto, las revistas de Batman y Superman que por ese entonces no se editaban en la Argentina. Se importaban desde Mèxico y, cuando se podìa, las compraba en el kiosco de diarios de Andrès Baranda y Carlos Pellegrini.
Con el tiempo tuve una pequeña colecciòn que, hace aproximadamente diez años, por dificultades econòmicas, la vendì a un precio inconveniente.
Las noches de calor intenso se dedicaban para conversar con los vecinos, sentados en la vereda.  Los de siempre. Los mismos. Las casas no tenìan tantas rejas y las puertas de acceso  se mantenìan abiertas (sin riesgos) para ventilar los ambientes.
De aquellas charlas fui incorporando historias del entorno social que me rodeaba. Escuchar a los viejos vecinos era un ejercicio de aprendizaje inigualable.
Hoy observo  que hay niños que se aburren. Que no hablan con sus padres. Que juegan con sus amigos a travès del telèfono o la computadora. Cada uno en su casa. 
Ya no alcanzan cientos de canales de televisiòn, ni videos infinitos, ni aplicaciones de celulares, que los puedan conformar. 
Se mira mucho la pantalla, pero se dejò de mirar a los ojos. Todo es virtual. Hasta el amor. Hasta el deseo.
Veranos antiguos , sin aire acondicionado pero con el confort de una atmòsfera familiar ireemplazable. 

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