Cuando llegaba esta època, de rocìo permanente, la casa se llenaba de aromas. Era otro jardìn el de mi casa. Margaritones, malvones, lazo de amor y otras variedades que no recuerdo. La tierra de ese lugar de Quilmes es muy generosa. Allì brotaron desde nìsperos hasta choclos. Con mìnimos cuidados. Ninguno de nosotros tenìa tiempo para andar con regadera en mano. Y hoy, que la casa està bastante sola, los aromas regresan con las flores: y el rocìo cae, implacable, como si nada hubiera cambiado. Allì hay tiempo para mirar el cielo y buscar la Cruz del Sur y las Tres Marìas.
A mi me parece que las casas natales guardan una memoria històrica que el calendario no logra vencer.
Hoy ya no se mira tanto el cielo. Estamos pendientes del mensaje entrante, de la red social que arde, mientras los chicos se entretienen con juegos virtuales. Debe haber caìdo la venta de Curitas, porque muy pocos se deben raspar las rodillas.
Y asì estamos. Con niños psicoanalizados y padres que tratan de "contenerlos y entenderlos".
Si hubiera menos telèfonos y computadores encendidos, quizàs hablarìamos màs y nuestras comunicaciones serìan reales. Volverìan las caricias y las làgrimas; las sonrisas y los besos; y, hasta podrìamos volvernos a entender.
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