Uno no se empecina en considerar que lo pasado fue mejor. Pero los hechos que pasan frente a mi vista son tan contundentes que no se puede evitar ese razonamiento.
Domingo soleado en Quilmes. Casi sin viento. Ideal para caminar. Casi las cuatro y media de la tarde. Buscando volver a Capital.
Mi primera sensaciòn fue la ausencia de vecinos en la calle de mi casa en Quilmes Oeste, muy cerca de la estaciòn. Doblè por Islas Malvinas, crucè la Plaza Aristòbulo del Valle, con unos pocos niños jugando y dos o tres parejas en el cèsped, al sol.
Pero en las veredas, en las casas...nada. Tampoco se escuchaban charlas de sobremesa escapando por las ventanas. Ni aromas de comidas propias de ese dìa.
Llegando a la estaciòn y a la calle Rivadavia, la imagen era de gran desolaciòn. Quietud.
Caminè las cinco cuadras de la peatonal y frente a la Catedral , unos pocos puestos de venta en la plaza, con artesanìas.
Uno se pregunta tantas cosas !
Pregunta por la gente. Por las familias. Por aquellos domingueros que salìan a plumerear y lavar sus autos. La vecina de delantal esperando a sus comensales en la puerta de su casa. Chicos jugando a la pelota en la calle.
Pero no. Ni heladero, ni pochoclero. Nada.
La inseguridad nos ha ganado la batalla y terminò con las mejores costumbres. La foto actual es la de casas y personas enrejadas. Perdièndose un paseo al sol o, tambièn, el simple ritual de barrer la vereda.
En este tema no me cabe ninguna duda: antes vivìamos mejor y nuestra socializaciòn era natural. No necesitàbamos refugiarnos en un shopping para que los chicos no se aburrieran. Estàbamos en las calles y èramos un poco màs felices, lejos de lo virtual y màs cerca de lo real.
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