DIA DEL MAESTRO
Serìa prolijo. Lògico. Tendrìa que hablar sobre mis maestros. Pero, lo que sucede es que a mi jamàs me gustò ir a la escuela. Siendo muy chico ya criticaba esa enseñanza enciclopedista, que nos obligaba a recordar fechas y nombres de batallas. Cuàndo comenzaba una Edad històrica o cuàndo se aplicaba la vieja regla de tres simple. Soy de la època de aquellos mapas en donde uno tenìa que pegar la figurita del choclo en Santa Fe, del algodòn en el Chaco y de la vaquita en la zona pampeana. Por suerte no me amenazò ninguna maestra con un puntero de madera. Pero, si, me pusieron en penitencia, mirando una pared cerca de cuarenta interminables minutos. Todavìa me acuerdo que me entretenìa encontràndole los defectos al que la habìa pintado, porque la lìnea que dividìa el color verde inferior estaba torcida y salpicaba el blanco de la pared superior. Desde chico ya me preguntaba si ese tipo de sanciòn servìa o no. Si la escuela que vivì en la dècada del 60 nos abrìa la cabeza para pensar libremente.
Por eso, cada vez que vuelvo a Quilmes y miro la biblioteca de mi casa, agradezco su presencia. Porque si no hubiera tenido libros y revistas a mi alcance, mi mente no hubiera progresado.
Ese sistema aun perdura. Màs evolucionado en lo tecnològico, pero las docentes se quedaron en la anècdota de trabajo pràctico (que no sirve para nada), en la organizaciòn de los actos patrios y las que hoy tienen cerca de 30 años, me permito adivinar que tienen una cultura general discreta.
En mi època habìa dictados. Y una palabra mal escrita `debìa escribirse 100 veces en una hoja de cuaderno, para no volverla a escribir mal. Servìa eso?? Si, por supuesto. Uno creciò sin faltas de ortografìa. Pero , no pierdo de vista a mi biblioteca. Porque los libros ayudan a pensar, pero tanbièn a escribir correctamente. Y, por supuesto, a mis padres, que vigilaron ese detalle.
De mis maestras podrìa rescatar su dignidad y su vocaciòn. No fueron faltadoras. Cumplìan. El sindicalismo docente era dèbil por entonces. Aunque siempre fue un gremio quejoso. Las recuerdo a todas. Han sido buenas conmigo y viceversa.
Todos nosotros les debemos algo màs que un recuerdo a nuestros maestros. Quizàs uno no lo analice demasiado, pero saber leer y escribir, que parece algo tan bàsico, es un milagro mezclado con un acto de amor para el que nos enseña. Porque esas letras, esas palabras, esas primeras frases y lecturas , pase lo que pase, nos acompañaràn toda la vida.
Sarmiento se hubiera avergonzado de la calidad de la enseñanza actual, pero apuesto unas fichas a pensar que èl hubiera sido sindicalista para lograr sus objetivos.
De todo esto no tengo ninguna duda: la enseñanza de aquellos tiempos era mejor y me jacto de haber sido un estudiante de escuela pùblica, con copa de leche y galletitas incluìdas; con ese olor a cascarilla que invadìa todo el patio cerrado de la vieja Escuela 17 de Quilmes. Aromas y recuerdos que uno siempre lleva consigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario