En los ùltimos tiempos las estadìsticas revelan que ha crecido la violencia domèstica. En especial, en noviazgos y matrimonios jòvenes. Noticias relacionadas con homicidios, quemaduras, violaciones y todo tipo de ultrajes se han convertido en hechos corrientes, que provocan un peligroso acostumbramiento en la opiniòn pùblica que, màs allà del estupor que provocan, forman parte de una crònica policial màs.
Sin embargo, el tema es màs profundo. Y tiene que ver con la desorientaciòn de las capas màs jòvenes de la sociedad, por las pocas expectativas de progreso familiar y econòmico. Resulta difìcil proyectar una vida en comùn, como se hacìa antes. Trabajos inestables, informales, mal pagos. Una angustia que se ahonda y se confunde con agresividad e intolerancia. Allì devienen los sucesos criminales y pocas parejas se atreven a encarar en forma ordenada el camino hacia la fundaciòn de una familia.
No es necesario ir muy atràs en el tiempo. Los novios se sacrificaban en todo sentido. La convivencia previa estaba mal vista y ambos ahorraban para poder llegar a buen puerto. Habìa menos violencia en la calle, menos consumo de alcohol y estupefacientes y los nùcleos familiares eran un poco màs sòlidos.
Otro aspecto que no podemos ignorar es la falta de educaciòn sexual que concluye en embarazos adolescentes inesperados. Y son esos mismos menores los que despuès sufren las consecuencias de la violencia familiar.
Algo hemos hecho mal en las ùltimas dos dècadas para llegar a esta crisis social, que pega muy fuerte en los sectores marginales, preferentemente; y, tambièn en altas capas de la sociedad que, de tanto en tanto, nos sorprenden con hechos similares. La droga y la alucinaciòn emergente no miden categorìas econòmicas.
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